miércoles, 13 de noviembre de 2013

Desafío D30 #13: : El Pnj más memorable que has conocido

Sigo pensando que esto está muy centrado en jugadores frente a las pantallas, no detrás. Tendría que hacer memoria entre las partidas de mis amigos, pero en ninguna recuerdo un Pnj especialmente memorable.
Recuerdo que en las partidas de Eycirist (persona humana) de Glorantha y otros juegos, éste solía colar a un mago de increíble poder y sabiduría bastante puñetera llamado, cómo no, Eycirist. Era el Gandalf, Obi Wan o Elminster de sus mundos, pero con un toque más macarra.
Otro que me viene a la memoria fue un jefe de piratas Vuldrok en una campaña que empezamos unas cinco veces de Fading Suns. El tío era un don erre que erre, siempre detrás de nosotros.

Pero un Pnj-Pj que recuerdo con cierto asco (memorable fue, pero de manera negativa) fue en unos encuentros que Graal organizó en Compostela hacia 1996-7. Me apunté, por probar, a una partida doble de Mago (duraría el sábado por la tarde y el domingo por la mañana). Era un juego que tenía pero al que no encontrábamos momento para jugar. Nos pusimos a hacer fichas (creo que es un error hacer esto en unos encuentros; yo hubiera llevado pregenerados, pero bueno) y todo empezó con bastante decencia. Nuestros jefes de capilla nos obligaron a colaborar para buscar y custodiar por toda una ciudad a una niña que tenía una capacidad con el Don extraordinaria. Roleamos entre nosotros (todos desconocidos) discutiendo, con rencillas y marcando cada uno nuestro territorio, con los personajes ceñudos y midiéndose entre sí y los jugadores riendo y roleando de lo lindo. Era genial. Era cuestión de tiempo que alguien viniera y lo fastidiara.

De repente llega un colega del máster, de la calle, y se sienta con cara de displicente condescendencia, en plan “me da por saco si llego tarde; aquí estoy, novatos”. El tío saca de una funda de plástico una hoja de pj y unos seis folios de trasfondo a letra pequeña. El máster los hojea y, con cara de circunstancias dice algo así como “bueno, este es fulanito, que se une a la partida... es una especie de Pnj, así que... eso”. 
Ah, muy bien. Yo ya había usado esa técnica antes con mucho éxito: dar a un jugador un personaje diferente, más poderoso (porque no puede jugar con frecuencia o sólo vendrá ese día) o que está más involucrado en la trama de un modo u otro (es un traidor, por ejemplo), pero siempre había elegido para ello jugadores con cabeza que sabían dónde estaba el límite.

A los cinco minutos de partida el tío estaba arrasando media calle, nosotros flipando y a cubierto y la niña que acabábamos de rescatar aterrorizada y traumada (y eso que antes de que llegara el señor este habíamos conseguido calmarla y convencerla de que podríamos ayudarla). Si le llevábamos la contraria (o si le discutíamos las reglas jugador a jugador) te ponía a levitar por el aire, o colgando de una farola, como fue mi caso. Muchos respiramos cuando se acabó la sesión del sábado. El máster ni se dignó en aparecer el domingo.
Bien, resultó que el tal individuo (el amigo del máster) era un conocido de un amigo mío y años después de aquello coincidimos un día por la calle... lo típico: “hola fulanito, qué tal, este el menganito” y le salté con un “pues yo a ti ya te conocía; de unos encuentros y tal...”. Cuando me explicó que su “Pnj” había sido un mago con genes de licántropo en la Antigüedad, que lo habían Abrazado y fue un vampiro de 5ª generación durante siglos; que había llegado a la Golconda y que había recuperado su Mortalidad, por lo cual (según él) tenía que tener Esferas, Disciplinas y algún Don que otro. Así, con dos cojones. Y lo mejor es que el colega lo metió en una partida que iba como una seda y no solo la desequilibró, si no que la puso patas arriba.


 Memorable, sin duda.