miércoles, 3 de julio de 2013

Montaraces del Norte 2x18

El camino se hacía conocido, pero pesado... ya no era el benévolo verano el que les abría la ruta, si no un otoño húmedo e incómodo.

Tharbad estaba a menos de una milla ya, y Thorongil envió a Díndae a hacer  su trabajo: rastrear . El montaraz usó su gran experiencia como rastreador para no perder ni un solo detalle... y encontró algo que llamó mucho su atención: huellas ligeras, pequeñas; no de orco ni trasgo. En todas direcciones, desde Tharbad y solían volver hacia el oeste.

Acamparon en una casa abandonada de la ciudad, y ruidos de pasos hicieron que cambiaran de localización. Prepararon una emboscada, y cazaron nada más y nada menos que a unos muchachos (de unos 10-12 años) dúnedain que "custodiaban" Tharbad. Kargor se presentó como un "servidor de las Siete Estrellas y las Siete Piedras"; ante eso los muchachos se relajaron y, al ver sus estrellas de plata que los distinguían como Hombres del Capitán, empezaron a mirarlos con admiración.

Vivían a pocas millas al oeste, en un campamento formado por varios carros y tiendas de campaña. Larth, el muchacho que parecía líder del grupo les presentó a su padre, Anaras, y al jefe del campamento, un anciano dúnadan llamado Dongorath. Hablaron brevemente sobre el Guardián del Río y, sacando conclusiones propias, decidieron dormir a pierna suelta esa noche de noviembre.

A la mañana siguiente, descansados y bajo la cobertura de espesas nubes, partieron sin hacer ruido rumbo a Daembar. Prepararon una trampa: cazaron un pequeño corzo, y con una barra de hierro Kargor hizo un enorme anzuelo, que engancharon al corzo. Lo echaron al agua y se colocaron en posición: Díndae sobre el muelle donde estaban desplegados (cerca de los restos del gran puente, una zona de poco calado gracias a los escombros) y Kargor y Thorongil en las cercanías, uno con su mandoble, el otro con sus jabalinas listas.

El Guardián se hizo esperar casi tres horas, pero el cable que sujetaba al corzo comenzó a tensarse... el Guardián comenzó a asomarse en la superficie. Díndae descargó sus flechas y Thorongil sus jabalinas... Kargor (recordando el viejo dicho hobbit "cuanto más cerca del peligro más lejos del daño") llegó cargando sobre las rocas, saltó varios metros sobre el río al grito de "¡¡¡Argonui!!!" y cayó milagrosamente sobre el Guardián que, desesperado, comenzó a lanzar sus tentáculos en todas direcciones.

Thorongil saltó por los aires cayendo cerca de su amigo, al tiempo que éste descargaba su espadón contra la cabeza de la criatura. El terror los atenazaba, pero su tenacidad, su necesidad de exterminar a ese ser era prioritario. La criatura se recobró y consiguió atrapar a los dos dúnedain en un abrazo terrible, pero unos impactos de piedra y flechas la despistaron el tiempo suficiente como para que se liberaran: las flechas eran de Díndae pero... ¿y las piedras? ¡Eran de Larth y de sus amigos que, con grandes tirachinas ayudaban como podían!

El Guardián estaba muy herido, y la sangre negra emponzoñaba el ya de por sí estanque. Consiguió zafarse de los dos espadachines, y comenzó a remontar el río a una velocidad pasmosa. Los dúnedain estaban agotados y su voluntad desfallecía, pero corrieron por la orilla descargando más flechas y jabalinas. Pronto la criatura se sumergió, aparentemente rumbo al Glanduin contracorriente. Los tres amigos se cayeron de culo, alguno de espaldas, recuperando el aliento. Luego rieron y, el simple hecho de haber salido vivos de esa era suficiente para considerarlo una victoria: el Guardián estaba en fuga, y no volvería por Tharbad.

Se reunieron con los muchachos y fueron al campamento, convenciendo Thorongil a Dongorath de viajar a Daembar, reuniendo a los parientes que quedaban. Dos días después partían al norte, llegando a Daembar a principios de diciembre del añio 2929 de la Tercera Edad.

.....

Mientras tanto, el Guardián se cobijó en el Glanduin, ascendiendo lentamente a causa de las graves heridas... Tomó rumbo noreste en una encrucijada, subiendo por el Sirannon hasta llegar al nacimiento de un riachuelo ante una gran montaña. Consiguió estancar el río y crear una pequeña e insana laguna y, allí, lamiéndose las heridas y acumulando rencor y más rencor contra los Pueblos Libres, el Guardián del Agua aguardó su momento.