miércoles, 30 de noviembre de 2011

Montaraces del Norte X

Los tres muchachos se quedaron un rato hablando con Dírhael y su esposa Iorwen en la entrada oeste de Bree. Al parecer habían hecho un viaje desde las tierras de Eriador, abandonando un poblado dúnadan para venir al Norte. Argonui los había llamado. Otros llegarían pronto a Bree, para luego ir en busca de su señor.
Algo se movió en en carro, bajo unas mantas. Una niña de pelo moreno y enredado asomó la cabeza. No tendría más de cuatro años.
- ¡Hola! -dijo con cara de sueño-. ¿Qué ha pasado?
 Era la hija de Dírhael e Iorwen, una pequeña morenita de ojos grises llamada Gilraen. Bromearon un poco con ella mientras hablaban de Bree y de algunos sucesos recientes.
Kargor les indicó cómo llegar al Poney Pisador, y hacia allí se fueron.

Fue entonces cuando entró un vigilante de Bree airadamente y a voz en grito: "¡Asesinos! ¡Asesinos en las cercanías!". Thorongil y Díndae miraron inmediatamente a Kargor, que miraba indeciso hacia el lugar donde había matado al sureño, y de donde no había movido al cadáver.
Al rato llegaron cuatro vigilantes con el muerto sobre una manta, cada uno agarrando una esquina. Tras un primer análisis uno de ellos sentenció que sin duda lo había matado un tajo con una espada enorme. Al decirlo miraba de reojo a Kargor, pero no acusaba a nadie.
Llegó el sheriff de Bree, un hobbit de edad respetable con mal genio llamado Bungo Mantillo, acompañado de su amanuense, que tomaba notas de todo con inocente servilismo.
El sheriff acusó directamente a Kargor, y medio pueblo los escoltó con curiosidad hacia la Casa de la Asamblea donde sería juzgado. Sus amigos intentaron mediar, pero el sheriff no daba el brazo a torcer, ni ante las duras palabras de Díndae sobre la importancia de defender Bree de maleantes y saqueadores.
Fue entonces cuando Kargor, con ciertos conocimientos de leyes, hizo una asombrosa defensa de sí mismo, que se vio incrementada al llegar Iorwen con su hija Gilraen. La mujer declaró lo que había pasado, pero obligaron al dúnadan a entrar en la Casa para que la Asamblea de Bree dictara sentencia. Otros dúnedain llegaron con Iorwen y vieron la escena con intranquilidad.
Pero todo fue bien: la Asamblea exculpó a Kargor, e incluso intentaron asalariar al grupo para defender Bree. Kargor insistió que un montaraz sólo tiene un Señor. Los de Bree no entendieron bien a qué se refería, pero los otros dúnedain que allí se congregaron miraron al Oeste con tristeza y esperanza.

Salieron todos fuera y algunos vitorearon a Kargor, y otros muchos miraron a aquellos hombres de rostro austero e inflexible con suspicacia y temor. Todos los dúnedain se juntaron en un grupo de unos veinticinco, y salieron del pueblo paseando.
Los tres amigos se sentían en casa, pero varios edain se quejaban. Habían sido trasladados desde el sur de Eriador hasta aquí ¿para qué? No lo entendían. Quizá Argonui había perdido el rumbo.
Esto provocó las miradas iracundas de Kargor y Díndae... Thorongil, también enfadado por el comentario, tuvo que mediar y calmar los ánimos. Una muchacha joven, de pelo ondulado y ojos grises protestó ante el dúnadan, que tuvo que defenderse de los duros argumentos con estilo, carisma y cierto humor. A la muchacha no le hizo ni pizca de gracia.

Todo el grupo decidió pasear alrededor de Bree, casi treinta dúnadan manteniendo diversas conversaciones. Kargor hablaba con Dírhael, amante de la historia, las tradiciones y el folkore. Díndae, solitario, vagaba en retaguardia, hasta que vio una oportunidad de reírse a costa de Thorongil. Preparó una bola de nieve y acertó de pleno en la muchacha morena de antes que, al mirar para atrás, sólo vio a Thorongil. comenzó entonces un combate sin tregua entre los dos que acabó en risas (sobre todo las del sigiloso Díndae).
Supo Thorongil que la muchacha se llamaba Elenhen. Hablaron durante un buen rato y congeniaron.
La mañana pasó rauda y el grupo acabó en una casa de Bree, propiedad desde hacía años de una familia dúnadan. Allí pasaron toda la tarde, comiendo, charlando, fumando, jugando con los pequeños, contando historias al compás de la flauta... Fue una tarde estupenda.
Pero la noche trajo dudas: los dúnedain debía viajar a Scary, y recibir órdenes. La presencia de los tres montaraces pordría ser de gran importancia, ya que actuarían como guardias de la caravana: eran pocos los hombres curtidos en combate en el grupo y, en estos tiempos, incluso el Camino del Este tenía sus peligros.

Los tres montaraces pensaron en ello durante la noche durmiendo en el Poney Pisador. Debían elegir entre quedarse en Bree y ver partir a sus parientes mientras aguardaban por Arathorn, o partir hacia La Comarca escoltando la caravana.

A la mañana siguiente se decicieron por lo segundo, con la esperanza de que si Arathorn o los hijos de Elrond volvían a Bree lo harían por el mismo Camino, pero en sentido contrario, y se encontrarían.
Pasaron el día en Bree mientras los dúnedain se preparaban, y tuvieron tiempo de visitar la Feria de Otoño, donde Díndae se encontró con los Enanos Nîm y Dólin en su tenderete, donde vendían todo tipo de cosas. Díndae intentó ser amable, e informó a los dos Enanos de que los montaraces estaban planteándose la posibilidad de formar un grupo y atacar Amon Hith, y liberar a su pariente Náin. Nîm callaba y fumaba, pero Dólin, más jovial y conciliador, regaló a Díndae un pequeño juguete mecánico. "Y ésto no es nada", dijo, "Ojalá hubieras visto los artefactos que mis parientes hacían el Erebor... aquéllos sí que eran juguetes... Maldito sea ese dragón". Se quedó mascullando y negándose a cobrar nada por el regalo: "Es una deuda que tendrás conmigo, montaraz" dijo guiñando el ojo, sonriendo. Díndae sonrió también y se despidieron con palabras amables.

Al día siguiente partieron a primera hora. Era cerca de treinta, unos diez hombres, quince mujeres y varios niños. Salieron por la puerta oeste de Bree en dirección al Puente del Baranduin. Díndae avanzaba varios cientos de metros por delante oteando, Thorongil delante con los cuatro carros y Kargor detrás, custodiando la retaguardia.
Las primeras horas fueron un paseo, y cogieron muy buen ritmo pero, al acercarse el atardecer, Díndae (separado del grupo) tuvo otro de sus pálpitos. Se dirigió al norte para buscar rastros, huellas... algo que calmase su desazón. Fue entonces cuando vio al norte cinco figuras montadas y ocultas. Eran cinco jinetes, a cubierto por matorrales y desniveles del terreno. Agachado, preparó su arco e intentó, sin oportunidad, hacer señas a sus compañeros. Éstos acabaron por ver a los jinetes. Thorongil ordenó colocar los carros protegiendo a los niños y mujeres, mientras los hombres tomaban lanzas y espadas para plantar cara.
Los cinco jinetes, bien armados y con armadura de cuero, cargaron sobre ellos. Sin saber de dónde, una flecha (del escurridizo Díndae) derribó a uno, que cayó inerte al suelo. Kargor se protegió del espadazo de otro, que recibió un tremendo yajo en los riñones al pasar de largo. Thorongil se cubrió con su escudo e hirió los cuartos traseros del caballo de otro. Los otros dos peleaban contra los dúnedain, pero éstos se cubrían con los carros.
Kargor subió a uno de ellos de un salto, y partió en dos a otro de los atacantes, mientras que Thorongil eliminaba a otro derribándolo de su caballo.
El quinto, con su caballo ligeramente herido, se dio la vuelta u huyó al norte desesperado. No esperaba el flechazo en pleno pecho de Díndae.

Cinco salteadores, todos con un lobo de fauces abiertas por blasón... ¿Gente del tal Draugor? ¿A órdenes de Seregring?
Muchas preguntas y pocas respuestas. Tomaron los caballos, redoblaron la guardia y, al final del día, estaban cerca del Puente. Se ocultaron cerca de un bosquecillo, y allí acamparon.