jueves, 27 de febrero de 2014

En la Ciudad de la Locura el Cuerdo es Comida (NtD 1/3)

Se despertaron a la vez. Estaban sobre un colchón mugriento tirado en el suelo de un cuarto en un primer piso, una habitación de hotel de paredes corroídas por miles de historias tristes. El del traje barato y el revólver del .38 era Jackson Craighton, eso seguro. Un tipo duro que se estaba ablandando. Años y años tras el Asesino de la Peluca habían quemado al antaño hábil e ingenioso detective. Ahora era un despojo sin sombra, un pálido reflejo en un espejo de feria del tío que había sacado más nombres en rojo de la puta pizarra de la comisaría. El de la ropa de corte militar dijo que se llamaba Clay Barber. El cañón de Jackson obraba maravillas sobre los muditos. Jackson usó el teléfono de la habitación... cuando pidió saber donde estaba la melosa voz masculina del otro lado dijo "que pronto irían ahí, a resolver el problema".
Pronto escucharon llegar el coche y, a través de la traslúcida ventana roñosa Clay vio salir a un par de hombres de negro, a los que rápidamente se unieron tres bobbies británicos. "Pero, ¿qué coño...?" fue lo más coherente que vino a su mente. El detective rebuscó y encontró una biblia... dentro habían recortado las páginas para que encajaran unas tijeras que ya no estaban. Él y el otro hombre salieron al pasillo, pero los hombres de negro ya llegaban. Encañonó a los que cargaban por las escaleras. Clay corrió por el pasillo desapareciendo entre las sombras.

El detective se identificó, y resultó que los dos de negro eran detectives... pero parecían salidos de los años '50. Y joder, los bobbies parecían de principios de siglo. La discusión llevó al tiroteo, y Craighton abrió fuego al sentirse amenazado... aquello fue una locura, el revolver del .38 soltó lo menos 15 balas sobre aquellos tipos. Saltaron en pedazos ante el detective, pero volvían a levantarse. Joder, 15 balas con un revólver.
Tanto Clay (que saltó por una ventana del pasillo) como Jackson (que arrancó la puerta de una de las habitaciones de cuajo y se tiró a la escalera de incendios) se vieron en la calle, y corrieron por callejones rumbo a cualquier lugar, ya que nada de lo que veían les sonaba. Los coches de policía atravesaban la lluvia que, casi estática, pendulaba sobre las caóticas avenidas. Se ocultaron en un café, donde Clay cogió un periódico y Jackson se dirigió al teléfono tras pedir un par de cafés. Llamó a su distrito, pero de nuevo la voz melosa dijo que pronto llegarían. Sus ojos se desorbitaron y salió de la cabina dando empujones y avisando a Clay, que leía en el periódico que el Asesino de la Peluca había vuelto a matar. Un enorme reloj en algún lugar de la ciudad marcó la hora. Eran las trece en punto. 
Se largaron con el periódico y se cobijaron en un callejón sin salida. Hablaron un rato. Clay había sido esposo y padre. El de la Peluca le había arrebatado todo. Había dejado su empleo (vendiendo enciclopedias, dijo) para capturar a ese cabrón. Craighton no recordaba a los Barber como parte del caso, pero el asesino había actuado en muchos lugares y no siempre se sabía si había sido él, otro, o incluso un imitador. Craighton había sido un gran detective, y era capaz de sacar patrones e inferir de un modo especial. Ojeando el periódico llegó a una de esas conclusiones. El periódico estaba lleno de referencias a una única frase: no se te ocurra dormirte. Crucigramas, anuncios, las tiras cómicas... hasta el puto horóscopo... "Géminis: conocerás a alguien que cambiará tu forma de ver el mundo. Aprovecha para estar activo; que no pueda contigo la pereza".

Sonó la una en punto. Bajo la lluvia no habían reparado en una puerta. Era pequeña y estaba al fondo del callejón. Antes no estaba, podían jurarlo. Abrió sin problemas, y al otro lado se veían calles conocidas: su ciudad. Se miraron y, sin dudar, atravesaron.

Al otro lado aguardaban una corta e incómoda despedida, la comisaría de Craighton y un pequeño hotel barato para Barber. En aquellos lugares, uno rodeado de papeleo y otro envuelto por sábanas rasposas. se dejaron atrapar por el sueño. Quizá eran más temerarios de lo que se pensaban.