domingo, 6 de enero de 2013

Esferas (LMdC)

En el caos tanto Goldfield como Bates pudieron huir: uno por una de las puertas mal vigiladas y otro se coló por una trampilla de ventilación antes de que los terroristas pudieran tener a esos cientos de personas bajo control. Las luces se habían apagado y el estadio estaba a oscuras, salvo la sala de convenciones.

Nº10 salió de la furgoneta para intentar infiltrarse en el estadio, pero su armadura fallaba constantemente. Slizard, solo en la sala de operaciones, decidió seguir el consejo de Goldfield y liberar a la muchacha. Fedora subió y se sentó ante el panel de control con la mirada de alguien que lucha interiormente ante dos opciones.
En pocos minutos la armadura comenzó a funcionar sin problemas, y la pantalla del casco al menos estaba encendida. Fedora había elegido.

Bates no llevaba el traje, pero distaba mucho de estar indefenso. Su ruta de escape lo llevó al párking del estadio, y allí hubo de reducir a dos terroristas armados para salvar al chófer de una limusina que se había quedado dentro de la misma. El Nº9 se quitó el smoking y se puso el mono negro paramilitar de los mercenarios, y tomó una de las radios. Contactó con Goldfield, que estaba de camino a los pisos superiores, donde se hallaban las oficinas. 
El Centinela rodeaba el estadio de cornisa en cornisa, buscando un punto de entrada. Los tres contactaron y se reunieron en una de las oficinas para trazar un plan. 
Mientras hablaban vieron desde su altura cómo se encendían las luces del campo de fútbol americano, y cuatro hombres cargaban con una esfera... la misma que Nº9 había visto en la granja de las afueras. En una de las salas privadas de tribuna, a pocos metros más abajo, vieron al Coronel con la mujer el gobernador Woods, Virginia. La agarraba del pelo y la sentaba a la fuerza en una de las butacas, y le susurraba al oído a saber qué cosas horribles. Le colocó un móvil en la oreja. Fedora, demostrando una habilidad inusitada, pinchó la llamada: el Coronel ponía en contacto a Virginia Woods con sus hijos para que se despidieran... a no ser que el gobierno le entregara los códigos de las ojivas nucleares de la costa oeste.

Goldfield ordenó al Centinela y a Bates que bajaran y que, usando el artefacto en forma de tablet que Mann había cogido de la granja, desarmaran la bomba después de haber reducido a los terroristas. Goldfield se dirigía la grupo electrógeno de emergencia que ahora mantenía encendidas las luces del campo. Su cojera lo retrasó, pero con un esfuerzo monumental logró llegar, despistar al guardia que custodiaba la sala y reducir al que lo vigilaba desde el interior. A su orden las luces se apagaron, dejando a los cuatro terroristas que custodiaban la esfera atómica sin visión. Desde dos esquinas del campo llegaron Bates y el Centinela, dejando a los terroristas inconscientes.

Ayudados por Fedora, instalaron el "mando a distancia" de Mann y la bomba quedó inutilizada. Pero los problemas no habían acabado: los hombres del Coronel disparaban desde la tribuna. Bates tomó un fusil e hizo lo propio para dar cobertura a Nº10 que, con su gancho, ascendió hasta allí y encadenó una serie de golpes contra los terroristas. Bates corría a toda velocidad a través de las gradas, y Goldfield intentaba llegar usando los ascensores. 
Mann logró separar a la señora Woods del fregado, pero la mala suerte le hizo tropezar y quedar a merced de la .50 del Coronel. Sólo la rápida actuación de Bates empujando a los terroristas contra el Coronel propició que el Centinela se levantara y golpeara al psicópata hasta dejarlo sin sentido.

Bates y Goldfield se fundieron con las sombras, y Nº10 alargó la mano para ayudar a la mujer del gobernador a levantarse. "Espero" le dijo "que esto cambie la percepción que tiene de mí, señora Woods; y que su marido no me considere, como lo hace, una amenaza". La puso a salvo y Goldfield comunicó a los otros terroristas que su jefe había caído... estos se rindieron al momento. Todo quedó para que los SWAT de Bedlam lo limpiaran.

Una vez en la base, Wayland los felicitó a todos (Fedora incluída), y pidió explicaciones de lo que había ocurrido. La repuesta era fácil: Cable había desertado. Por algún motivo había activado un protocolo por el cual se quedaba con bastante dinero de la Wayland Ind. y otro que actuaba como un virus contra los sistemas de la armadura y de la propia base de operaciones. 
 
Mann y Bates se miraron y vieron que pensaban lo mismo: había que partirle las piernas a ese cabrón.