jueves, 5 de abril de 2012

Montaraces del Norte XVIII

Díndae se acercó al acecho a la entrada sur de Cameth Brin. Había hecho una promesa, y debía cumplirla. 

El prisionero, llamado Madoc, juró ayudar a los montaraces si su familia (su mujer y un hijo pequeño) eran rescatados del pueblo. Madoc no tenía nada contra los dúnedain, pero su familia (como la de muchos) estaba amenazada por los hombres de Broggah. La situación en Cameth Brin era terrible, más desde que había aparecido Seregring con sus terribles consejos y maldad.
Los montaraces trataron de empatizar con el dunlendino, y siguieron el consejo de su corazón. Mientras Díndae se infiltraba en el pueblo, Thorongil ayudaría a Kargor (algo mejor después de haber recibido curación) y a un cojeante Madoc a llegar a un pequeño valle con cuevas en el Bosque de los Trolls.

Díndae se coló sin problemas, dejando a dos guardias en la puerta. Llegó a la casa que Madoc le había indicado, una casa baja de piedra, con una puerta y una contraventana que miraban a la calle. Otro guardia pasó en dirección a la puerta sur, pero Díndae hizo honor a su nombre. Golpeó luego la puerta, y una voz de mujer preguntó quién era. Después de una breve aclaración, en la que el joven tuvo que explicarse y enseñar a la mujer un colgante que Madoc le había dado, ésta abrió la puerta.
La casa era pequeña, de planta única en la que el espacio era compartido por una chimenea, una mesa con un muchacho sentado de unos seis años, un par de baúles y una cama al fondo. Díndae se fijó bien, pues a los pocos segundos de entrar alguien llamó a la puerta y no vio lugar donde esconderse: "Abre mujer", gritaban, "Queremos pasar un buen rato". 
El montaraz miró a través de la rendija de la contraventana: allí estaban los dos guardias de la puerta sur, desatendiendo sus obligaciones.
Díndae sacó las espadas y de dijo a la mujer que abriera la puerta. Ésta abrió, cruzó el primer guardia y, al asomarse el segundo, el montaraz empujó la puerta de un patadón, lanzándolo a la calle. El que se quedó atrapado dentro no tuvo tiempo de reaccionar, y murió por las espadas cortas del dúnadan. El otro cometió el error de no escapar, y al levantarse de la nieve con la nariz rota vio a un borroso encapuchado con dos espadas que salía a la calle... y ya no vio más.

Díndae escoltó a la mujer y a su hijo fuera del pueblo en dirección a las cuevas sagrario donde Madoc esperaba junto a Thorongil y Kargor.


Una vez allí, dejando el reencuentro para la familia, los tres dúnadan decidieron seguir el consejo de Madoc e intentar llegar a casa de El Negro, un hombre solitario con el que había vivido en la niñez, antes de volver a Cameth Brin. El Negro tenía una granja oculta entre valles, al sur del Camino del Este, y respondía a ese nombre porque siempre vestía de oscuro.

Salieron a primera hora de la mañana, y llegaron a la granja por la tarde. Al acercarse a la valla que la circundaba fueron recibidos por un disparo de flecha que impactó en uno de los pilares de madera, desde unos 60 metros, a pocos centímetros de la mano de Díndae. El tiro era de un arquero más que experto.

Resultó ser el tal "Negro", pero su aspecto era más bien pálido. Un dúnadan seguramente. La jornada que siguió a esa fue de secretos descubiertos y revelaciones oscuras.

El Negro resultó ser no otro que Túrin Dúnadan, escolta de Boron Alqualosse, posiblemente el único que podía relatar lo que pasó aquel día de hacía casi veinte años.
Túrin no se anduvo con vueltas. Era un hombre serio, duro e intimidante. No le importó revelar quién era ni que era amigo de algunos norteños como Madoc. Tampoco de que renegaba de su pasado. Consideraba el Reino del Norte un sueño imposible que cumplir. También les habló de Seregring, a quien conocía, y desveló la identidad del heredero Alqualosse: era  Thorongil, a quien su hermano Húrin había sacado de un pozo años atrás.

Pero Thorongil no era el heredero directo de Alqualosse, sino su hermano mayor todavía vivo: Thorondor. Los tres muchachos no reconocían ese nombre, pero Túrin se lo aclaró: Thorondor se había cambiado el nombre al renegar de su sangre: se había rebautizado como Seregring.

Con esa revelación terrible los tres dúnedain debieron replantearse muchas cosas. Sobre todo el pobre Thorongil, condenado a perseguir y cazar al hermano mayor  que jamás había conocido.

Madoc y su familia se instalaron en la casa principal. Túrin los trataba como a parientes cercanos. Los tres amigos eran igual de bien tratados, pero sus rostros ceñudos e inflexibles sólo mostraban una cosa: cumplir las órdenes.


A la mañana siguiente partieron temprano rumbo a un faro, una torre solitaria que servía como vigía del camino del Bosque de los Trolls y como almenara en caso de peligro. Estos deberes había sido establecidos por los Señores del Mar antes que hubiera trolls en el bosque, y ahora sería una ruína donde los ladrones de Seregring se acuartelarían. O eso les aseguró Madoc, con la advertencia de Túrin: cuidado.
Viajaron al noreste a paso vivo, y cerca del atardecer llegaron a la torre. Tres plantas, con la puerta en la segunda planta. La planta baja carecía de accesos. Había varios guardias sentados en la nieve, oyeron gente en la torre y en otro edificio anexo que se usaba como establo. Daba igual. Eliminaron a los de fuera e hicieron que los de dentro les abrieran con el viejo truco del disfraz, eliminando en poco tiempo a casi todos los hombres de Seregring, que estaba en la tercera planta con dos guardias. Ni ellos podían bajar, ni los dúnedain subir. Estaban en tablas hasta que Seregring explicó su opción: duelo con su "hermanito".

Tras meditarlo seriamente, Thorongil aceptó.

Todos salieron fuera. Díndae y Kargor no quitaban ojo a los guardias del traidor, pero todo parecía en calma.
Thorongil preparó su escudo y su espada; Seregring su mano-y-media. La nieve caía entre los árboles, sobre los contendientes que se observaban en la distancia. Las guardias se alzaron y comenzó el proceso de medición. Un error y cualquiera muere. Atacar con más ímpetu supone defender con menor cuidado. Y eso suele suponer la muerte.

Seregring cargó y falló su golpe; Thorongil desvió la espada de su recién hallado hermano a la izquierda, trazó un arco descendente con su espada y el filo impactó de lleno en el cráneo. Seregring se tambaleó y cayó al suelo de bruces, sangrando por la coronilla, con el brillo de su cicatriz destacando en la oscuridad. Se quedó allí, tumbado boca abajo, inmóvil. Sus hombres echaron a correr, pero los tres dúnedain permanecieron quietos, de pie, mirando el cadáver. El joven Thorongil se quedó vacío, sin vida. Para Díndae y Kargor era doloroso ver a su amigo sufriendo así, pero la misión se había cumplido después de todo.

Lanzaron luego una plegaria silenciosa al Oeste.
Al Oeste que fue y que, quizá, algún día vuelva a ser.
Pero hoy no.