domingo, 19 de febrero de 2012

Montaraces del Norte XVII

Cameth Brin era un poblado sin amurallar cerca del río, con una suerte de farallón sobre el cual se erguía una fortaleza erigía hacía siglos por hombres de Oesternesse, hoy ocupada por el rey de los montañeses y dunlendinos del norte, que respondía al nombre de Broggha, no siendo el primero de su nombre.
Los tres montaraces entraron en el poblado con rostros ceñudos e inflexibles, y miradas que hicieron retroceder a los tres guardas de la entrada sur. El pueblo era una sucesión de casas de piedra de una o dos habitaciones a lo sumo. Siguieron una calle larga y recta que desembocó en el mercado local, en una plaza a la cual llegaban no menos de cinco calles. 
Allí pudieron abastecerse de provisiones rancias, y Thorongil a punto estuvo de perder la bolsa del dinero por las manos hábiles de un niño. Niño al que espantó, no sin  antes ser recriminado por varios mercaderes y clientes en aquella lengua tosca y dura de los montañeses.
Se escabulleron hacia la Torre Retorcida, la posada que daba al mercado. Allí pidieron algo caliente para llenar el estómago, y un estofado bastante intragable fue lo que obtuvieron de manos de una camarera guapa, pero de mirada triste y perdida; magulladuras asomaban en su rostro, y se desvaneció hacia la cocina al primer intento de Kargor de entablar conversación. 
En la posada no encontraron ni encontrarían habitación: el posadero se lo dejó claro; pero un cliente se ofreció a llevarlos a una casa de alquiler por un módico precio. Thorongil y Kargor aceptaron, pero Díndae había visto una cara conocida salir por patas de la posada. Sabía que la conocía, pero no sabía de qué. Salió tras su dueño.

La oferta del pueblerino resultó ser una excusa barata para desbalijar pardillos. Por poco lo consigue. Kargor y Thorongil pudieron evitar la emboscada y salir airosos del lance. Había sido un error muy grande, y una metedura de pata, pero no sería la última.

Díndae siguió al dueño de la cara, y se acabó percatando de que él mismo estaba siendo acechado. Con movimientos sutiles pudo cambiar las tornas para ser él el perseguidor. Ahora caía: ése a quien seguía era el soldado de Seregring que en Amon Hith había amenazado al enano Náin en la herrería de la torre. Díndae le cerró el paso en un callejón sin salida. Intentó sacarle información, pero el bandolero estaba crecido, y desenvainó. La lucha fue corta, y acabó con el secuaz de Seregring con una herida fea en el antebrazo y gritendo en el suelo bajo la bota del montaraz.
La gente se comenzó a apelotonar al escuchar gritos y amenazas. Thorongil y Kargor también los ayeron y vieron la escena. Querrían haberse llevado al bandolero, pero la multitud se lo impidió entre insultos y bolas de nieve.

Se fueron del pueblo.

Acamparon sabiendo que serían atacados, así que montaron un fuego cerca de un bosquecillo a la vista de Cameth Brin, pero ellos se apostaron en una colina a cubierto. Llegaron jinetes que atacaron a los fardos que habían dejado como señuelo, y los arcos de Díndae y de Kargor sonaron como arpas, dejando muertos donde antes había vivos. Otros jinetes llegaron y los rodearon. Eran muchos, y se vieron obligados a dispersarse.
Vieron que algunos de los jienetes no eran reales, sino figuras de paja , pero era como si los caballos fueran perfectamente guiados. Eliminaron a varios enemigos y rompieron el cerco en el que estaban.
Díndae se quedó cubriendo mientras los otros dos avanzaban, pero fueron atacados con flechas por arqueros ocultos tras unos arbustos. Kargor recibió un impacto en el pecho y cayó inmóvil... Thorongil tuvo más suerte y paró una flecha con su escudo, dejando luego incapacitado a su rival. El que había herido a Kargor cayó bajo las flechas de Díndae.

Éste corrió a ayudar a sus amigos, y Thorongil examinó la herida de Kargor, que seguía tendido en el suelo nevado.

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