miércoles, 8 de febrero de 2012

Montaraces del Norte XVI

Argonui cuidó de Kargor y consiguió, gastando toda la athelas que les quedaba, retener los efectos del veneno. Una trampa, y había picado como un orco.

Todo era oscuridad alrededor de Kargor. Hasta que vio una luz aproximándose: era Mithrandir Estaban en una playa. Kargor surgía de las aguas y Gandalf aguardaba en la arena, reposando sobre su bastón. El agua rozaba las rodillas del montasraz. "¿Qué haces?" le preguntó al muchacho, "¿Por qué estás aquí cuando deberías estar junto a tus compañeros?".
"Tu orgullo y tu exceso de confianza te pierden, Kargor hijo de Elagond. Cuídate de ellos o te matarán". Kargor estaba asombrado. "Sirves a tu señor con honor, pero aún está por llegar la Esperanza que sí será quien guíe tu destino". Esperanza... la palabra exacta de aquella visión de Gandalf había sido Estel.

Díndae y Thorongil, preocupados, aguardaban fuera de la estancia de Argonui. Morgil los demás montaraces del Capitán los entretenían con preguntas y cuentos. Consiguieron así más información sobre los Alqualosse y sobre Turin el arquero, aquél que había estado con Boron Alqualosse en su última batalla contra el licántropo. Al parecer muchos lo hacían en Tharbad, pero en realidad se ocultaba en Rhudaur, al este. 
Argonui informó que Kargor tenía fiebre y que no se despertaría en toda la noche. Quizá tampoco mañana. 
Decidieron buscar athelas en las colinas al norte, en las Quebradas y, de paso, seguir el rastro de los dos individuos que habían huido.
Durante un día entero recorrieron las colinas, encontrando un pequeño ramillete en una valle escondido de la nieve y el frío. Encontraron también una red de cuevas (Argonui les había dicho que habían visto bandoleros por la zona, comandados por alguien llegado del ataque a Amon Hith) pero habían sido desalojadas. El rastro llevaba al este, tras las Quebradas. Al este... siempre el Este.

Al volver se encontraron con un Kargor que había reposado todo el día, y que se encontraba mejor. Poco a poco iría recuperando las fuerzas, pero había estado cerca de visitar as Mandos en sus estancias.

Resueltos a seguir el rastro al Este, los tres amigos se pertrecharon al día siguiente y partieron temprano. Algo en el corazón de Kargor le dijo que debía despedirse de su Señor. Quizá lo abrazó por última vez.


El viaje al este fue duro y sin pausa siguiendo un rastro que se perdía con facilidad. Las leguas quedaban atrás junto con las provisiones, y el frío y el cansancio del camino los agotaba días tras día. Más de un mes de camino campo a través por las regiones olvidadas que llegaban a los corruptos territorios de Rhudaur y, más allá, el Bosque de los Trolls.
Cruzaron el Mitheidel en un ferry pequeño y abandonado, cerca de las tierras malditas de Herubar Gular, conocidas de oídas por la erudición en folkore de Kargor, y acabaron internándose en aquel lugar extraño y oscuro.
En un claro del bosque encontraron dos cadáveres con sobrevestas del Lobo, gente de Seregring. El claro era extrano y silencioso. Thorongil se adelantó, y el sonido de la fatiga de la madera de los árboles alertó a Díndae, que gritó: "¡Al suelo!". El líder del grupo pudo esquivar una rama que venía directa a su torso, y salieron corriendo de allí... Árboles que se movían, ¿qué sería lo siguiente? ¿Nazgul en bestias voladoras?

Se internaron en el bosque y dieron con las ruinas de Herubar Gular, dejándolas atrás.
Próxima parada: Cameth Brin.