lunes, 19 de diciembre de 2011

Montaraces del Norte XII

Durante casi un par de semanas estuvieron centrados en la ayuda a los colonos: trabajos de carpintería, albañilería, cortando y cargando madera, agua, cazando en los bosques cercanos. 

Vigilando.

 Belegost y su gente venían de vez en cuando con herramientas y más provisiones. Y noticias. El norte seguía plagado de lobos que bajaba desesperados hacia el sur, como azuzados por algo peor que ellos. Habían encontrado secuaces de Seregring huyendo al este de Annúminas, casi muertos de frío y hambre, contando incoherencias sobre "Draugor, el terrible", o "el lobo gigante que comerá el mundo". Y al poco morían, más por heridas espirituales que por congelación o inanición.

Arador llegó con su escolta y un  plan. Preguntó al grupo si tenían algo preparado para atacar Amon Hith, pero
no supieron qué responder.
Arador pidió cuentas a Thorongil. Supuestamente lo había puesto al mando y debía tener un plan.
-No sabía exactamente ni el número de hombres con el que podría contar ni los medio, mi señor -respondió azorado-
-Éso no es excusa. Tu obligación era pensar al menos en una idea general y luego, si puedes, adaptarla a los medios que resulta que posees. Es una regla básica que debes aprender si quieres liderar hombres. Si esperas a saber todos los factores e imponderables acabarás viviendo de la improvisación, y éso puede matar a mucha gente... sobre todo de tu bando.

Arador planteó su plan: Con las carretas de la gente de Dírhael harían una caravana guiada por civiles y levemente defendida. Correrían la voz en Bree de que una caravana dúnadan volvía a Rivendel por el Camino del Este. Al enterarse, los hombres de Draugor prepararían una emboscada, dejando Amon Hith con menos defensores. Un grupo de guerreros rodearía las Colinas de los Vientos por el norte y atacaría la torre por infiltración. La caravana, vacía en realidad, se abandonaría a la mínima señal de enemigos, preferiblemente a más de un día de camino a caballo de Amon Hith.
Arador había conseguido quince dúnedain y, en el Bosque Viejo, se les unirían cuatro elfos errantes.
Thorongil se quejaba de que el plan presentaba fallos. Arador, capitán cabal, prefirió la opinión de su oficial más joven que cometer el menor de los fallos. Escuchó atento.
El joven dúnadan opinaba que el ataque no debía ser contra la torre, si no contra el grupo que atacara la caravana. Emboscarlos en Moscagua o tal vez en Chet. 
Arador lo pensó, pero vio que un enfrentamiento directo de esa índole (más sin saber de cuántos hombres dispondría Draugor) sería impredecible y, por lo tanto, peligroso. La atalaya, consideraba, era un valor más seguro, ya que los defensores no podrían huir y avisar al otro grupo, cosa que podría suceder si atacaban a los salteadores y alguno huía. Una cosa era atacar una atalaya por sorpresa y otra muy distinta hacerlo contra una preparada y sobre aviso.
A regañadientes, pero sin nada mejor que ofrecer, Thorongil comenzó a implementar el plan. Díndae se adelantó a caballo para llegar a Bree y contactar con los Enanos Nîm y Dolin (cosa que no consiguió, partiendo al norte tras su rastro, en la sospecha de que habían ido al rescate de su pariente solos). Mientras,  el grueso del grupo viajaría tras la caravana falsa.
En el Bosque Viejo se reunieron con cuatro elfos, noldor todos ellos, errantes inmortales que se demoraban en Tierra Media. Los lideraba Gildor, de pelo negro, alto y gallardo.

La caravana atravesó Bree, pero el grupo se desvió antes, reuniéndose con Díndae y rodeando por el norte las Colinas del Viento. Dos grupos se formaron, uno de arqueros y hábiles escaladores para atacar desde el oeste, y otro para rodear la atalaya y entrar una vez el primer grupo se colara dentro y abriera las puertas. Vieron salir de dentro al grupo de saqueadores, rumbo a la celada. Dejaron pasar el tiempo, hasta que casi oscureció.

Díndae y uno de los elfos, como francotiradores, eliminaron a los guardias de la torre alta, mientras los escaladores tiraban sus ganchos y comenzaban a escalar el muro, Thorongil, Belegost, Forendil y Feagorn entre ellos. El grupo de Kargor y Gildor rodeaba el muro circular, rumbo a la puerta.
El choque fue brutal. Tan pronto como algunos de los bandidos de Seregring y Draugor vieron a los invasores, comenzó una cruenta lucha. Thorongil eliminó a un adversario en pleno muro, para luego saltar al patio con sus aliados y continuar el combate. Viendo la puerta atrancada corrió hacia ella, pero harían falta lo menos dos hombres para moverla. Aun así, clavó los pies en el suelo y comenzó a tirar con su hombro hacia arriba. Estaba solo, ya que los demás estaban en pleno combate.
Fuera, Kargor se impacientaba, y tiró su garfio, subiendo raudo por la barbacana y matando a un bandido en el adarve. Los arqueros, antes cubriendo a los atacantes, corrieron al muro y lo escalaron, y Díndae tuvo su momento de heroísmo al disparar certeramente a un bandido que apuntaba a Thorongil desde una tronera.

En el patio estalló el caos. Feagorn, Kargor y Thorongil abrieron el portón, y la fuerza exterior entró en masa; los defensores poco pudieron hacer... hasta que él apareció.

Era enorme, al menos dos metros y medio. Horrible, el terror que surgió de la torre alta hacia el patio atenazó los corazones de todos, incluso el de los Elfos. Monstruo de tiempos pasados, todos rememoraron las viejas historias y leyendas, cuando el mundo estaba oscuro y el Mal dominaba a todos: era un licántropo. Draugor, el Lobo Enemigo, había hecho acto de presencia.