sábado, 16 de enero de 2016

ACK: Transplaneando

Al caer en el limbo interplanetario parecían estar perdidos, pero el grupo se reunió de nuevo en este lugar nuevo y desconocido. La oscuridad de una noche aparentemente eterna, y una luna que no era Selune fueron la bienvenida recibida.
Othar, el spellsword, había caído en un bosque de coníferas. Consiguió salir del mismo escapando de hambrientas arañas gracias a su pericia con las antorchas. Ahnvae, el nightblade, y Lámorak, el paladín, se reencontraron con Othar en su huida (Nota del Máster: contaba con que el jugador de Othar iba a faltar un par de semanas y pensé en hacerle el seguimiento de lo que hacía por email, pero al final pudo venir).

Se dirigieron a un pueblo cerca de un río. Era circular, con una empalizada alta y bien defendible, con una sola entrada. El guarda dijo que se llamaba Walkenburgo. En el exterior había un puente antiguo que cruzaba el río hacia un bastión pequeño y ruinoso.
Empezaron mal, ya que el guarda les cobró 5 monedas de plata por cabeza para poder entrar (en realidad pagó el paladín, ya que los elfos parecían más de raza enana que élfica en su renuencia por pagar para estar protegidos... pero, ¿protegidos de qué?).

Allí vieron maravillas extrañas, como una plaza-mercado rodeada de talleres de azulejos, vidrio, herrajes... Cosas poco comunes en el Faerun que conocen. La gente vestía extrañamente, con calzas y camisa con chaleco. Interactuaron con Urich, el tabernero; y con Ludvig de Hoog, el mutilado Maestro Cervecero (mutilado al intentar recuperar a una de las muchachas del Bastión Strigoi: su prometida). Conocieron en la taberna que la villa estaba cerrada a cal y canto por las idas y venidas de los Strigoi, habitantes y señores del baluarte que, periódicamente, se llevaban a alguna muchacha como tributo en el silencio de la noche eterna que se sumía sobre Walkenburgo.

Tuvieron un encontronazo con Jan van Elke, el burgomaestre, al insinuar que ellos (quizás) podrían resolver el problema. También se percataron de que todos los pagos en la villa se realizaban con monedas de plata: no se aceptaba otra divisa.
Sólo el herrero, Wolgang Silversmith, se ofreció a echarles una mano forrando las armas con plata a cambio de un pago generoso en monedas de ese metal. Lámorak de Bors, el paladín, decidió no discutir más con los dos elfos que, negándose a dar plata para mejorar sus armas (cosnideraban que su oferta de ayuda era suficiente pago), vieron al humano negociar con el herrero y entregar su mandoble y su daga.
Alquilando una habitación en la taberna, descansaron con un Lámorak medio enfurruñado por sentirse el único en mostrarse amistoso con los habitantes de Walkenburgo.

Al no haber ni atardeceres ni amaneceres (sólo una medianoche eterna) no supieron si lo que hicieron fue dormir o tomar una siesta, pero al "día" siguiente se levantaron y almorzaron. El paladín salió rumbo a la herrería tras la negativa de acompañarlo por parte de sus dos compañeros: iría solo al baluarte a buscar a las muchachas raptadas por la familia Strigoi.

Por su parte, los dos elfos pasearon por la villa buscando información, siendo la más importante la presencia de un elfo en las afueras del pueblo, llamado Heron. Por cómo lo describían los descreídos del pueblo, dedujeron que el tal Heron tampoco era de este "plano", y que debía de tratarse de algún tipo de mago.
Curiosamente el burgomaestre los invitó al consistorio, y les ofreció un contrato para eliminar a los Strigoi. Lo primero era contactar con Heron en su choza, y tendrían una importante recompensa.

Suspicaces, los dos elfos fueron hasta allí.

Mientras, Lámorak salió también del pueblo, atravesó el puente de piedra que salvaba el río que separaba la villa y el bastión y se internó en solitario en la ruina que era el baluarte. Un muro circular con un par de edificios dentro eran todo, con dos torres bajas, una de las cuales era un amasijo de piedras a ras del suelo, permitiendo entrar en el patio de armas escalando la ligera colina que formaban. Las aventuras que corrió dentro (encontrar la reliquia en forma de mano de San Cuthbert, lucha con murciélagos enormes y con criaturas no-muertas, encontrarse con dos pálidas jóvenes... y con Gregor Strigoi, vampiro de Walkenburgo).
El encuentro fue extraño, ya que el vampiro era, claramente, un enemigo muy superior... pero, de alguna forma, el joven paladín estaba seguro de sus posibilidades. El vampiro se arrojó sobre el humano, pero este alzó la mano huesuda de San Cuthbert, que destelló como mil soles. Al recuperar la vista, del vampiro sólo quedaban restos de polvo, y de las muchachas sólo un rastro de la palidez. Una de ellas era, inequívocamente, la prometida del maestro cervecero Hoog.

Abriéndose paso junto a las dos muchachas alcanzó la salida de aquel laberinto que era el bastión. Al salir, y tirados en el exterior del bastión en la orilla del río, estaban Othar y Ahnvae, empapados. Habían ido a la choza del elfo Heron y se lo habían encontrado muerto, destrozado dentro de la choza. Justo a él había una vara de un palmo y medio de madera afilada por un extremo y roma por el otro. Era una trampa: tres licántropos los cercaron. Sólo gracias a la magia de Othar, que descargó sus proyectiles mágicos sobre uno de ellos, pudieron abrise paso y escapar saltando al río (un moribundo Ahnvae perdió sus armas en el proceso). Heridos y agotados, se habían tirado sobre la orilla, bajo el bastión, cuando vieron salir a Lámorak.
Las manos sanadoras del paladín curaron parcialmente al nightblade Ahnvae, desarmado y casi muerto.

Tres lobishomes llegaban con premura por el puente (por algún motivo no atravesaron el río). El líder avanzó varios metros por delante, encontrándose a un Lámorak protector en porta di ferro aguardando. El paladín fue más rápido y un potente mandoble con su espada argéntea y un embrujo en forma de proyectil por parte del spellsword Othar arrancaron al licántropo del suelo, acabando con su existencia. Los otros dos frenaron en seco, y volvieron por donde habían venido, rumbo al pueblo bajo la noche eterna de Walkenburgo.