martes, 18 de octubre de 2011

Montaraces del Norte V

El sudor perlaba su frente y el cansancio atizaba sus piernas, pero los montaraces no podían, no debían, dejar de correr.


Llevaban varios minutos corriendo campo a través, cruzando la noche como silenciosas figuras, aprovechando el viento racheado para no ser detectados ni por los lobos ni por sus jinetes. Se refugiaban entre las grandes piedras que surgían del suelo oscuro, mientras la luna creciente se ocultaba tras nubes negras y la penumbra lo ocupaba todo.
Casi sin poder hablar se detuvieron, a cubierto tras unos arbustos secos y unas rocas. fue entonces cuando se percataron: ¿dónde estaba Kargor? Díndae y Thorongil miraron desesperados alrededor; en algún momento se habían separado, y el guerrero debía haber perdido el rumbo. Era el menos experto en rastreo u orientación, y éso desalentó a sus compañeros. Rápidamente recularon, viendo de lejos en la oscuridad las sombras recortadas de algunos de sus perseguidores. Intentaron recordar lo que les habían contado de esta región: Las Colinas de los Vientos, o del Tiempo, según con quien hablaras. Se encontraban en la linde norte. Sesenta millas al sur encontrarían la atalaya de Amon Sûl, y a la misma distancia, al norte, Fornost Erain. En esta zona había ciertos riachuelos, y los dos montaraces se dispusieron a buscarlos para ocultar su rastro mientras volvían a por Kargor. Durante cerca de una hora rastrearon y buscaron pistas de dónde podría haber ido, pero la búsqueda combinada con intentar no ser detectados por los orcos era tarea árdua. 
Un grito cercano, sordo y doloroso, llegó a sus oídos. Avanzaron con cautela, atravesando una pequeña corriente fría que manaba de las colinas y, pocas yardas adelante, vieron a un guerrero frente a un huargo. Blandía un mandoble en guardia relajada, esperando el ataque. El bulto de un orco en el suelo, muerto, se distinguía a pocos metros del espadachín. 
El huargo huyó, y Kargor miró a los dos recién llegados con una sonrisa.
- ¿Dónde os habíais metido? -susurró mientras limpiaba su espada.

Kargor corrió como el que más, pero llegó un momento en que se percató de que corría solo. No veía por ninguna parte a ninguno de sus compañeros, pero notaba el aliento de los huargos a su espalda. Logró escabullirse entre matorrales, arbustos y roca viva, hasta que cayó de bruces sobre un lodazal cubierto de helechos. Un olor agradable y penetrante lo impregnaba todo.
Kargor preparó la espada, pero se mantuvo tumbado de frente. Un huargo con jinete pasó muy cerca, a menos de diez yardas, pero siguió como si no hubiera detectado su presencia. Tal vez las fragancias aromáticas lo protegían.
Al fin vio que el lobo giraba y olisqueaba, y Kargor decidió dar la cara. Se puso en pie, y el jinete cargó de frente contra él. Ambos contendientes lanzaron sus ataques, pero la rapidez del dúnadan fue superior... La mano mutilada del orco, con la espada todavía aferrada, voló por los aires. El jinete rodó y cayó al suelo, mientras el lobo resbalaba por el lodazal , consiguiendo frenar a unos quince metros del montaraz.
Remató al orco y corigió su postura para enfrentarse al huargo. Los ojos rojos de la bestia, más pequeña pero igual de temible que la que habían matado en el aserradero de Chet, eran dos ascuas  flotando en el aire.
Entonces Kargor oyó un ruido que venía de su flanco derecho. Sonrió, pensando que cuantos más, mejor. Miró y vio acercarse a dos figuras altas. El huargo giró sobre sus patas traseras y huyó.
Reconociendo a sus amigos, el montaraz sólo pudo mirarlos curioso con su eterna sonrisa dibujada en el rostro.
- ¿Dónde os habíais metido? -susurró mientras limpiaba su espada.

 El orco no llevaba nada de valor, pero tenía unos extraños símbolos, como tatuajes hechos con quemaduras, que podían representar antiguos ideogramas de Carn Dûm, el bastión de Angmar.
Carn Dûm... el horror del Norte
Decidieron acercarse al campamento orco, intentando reunir información. Kargor, escarmentado, prefirió quedarse cerca del riachuelo, mientras Díndae y Thorongil se acercaban a una ligera colina de piedra cubierta de setos. Al otro lado estaba el campamento. De repente, de las sombras surgió un orco. Estaba a unos 20 metros, y miraba en otra dirección. Thorongil iba a recomendar un plan de acción cuando, pillado por sorpresa, Díndae reaccionó por instinto: la flecha salió de su arco antes que Thorongil pudiera decir "Elbereth", y se clavó con gran precisión en el torso del orco, matándolo casi al instante.
La vergüenza tño de rojo la cara del arquero, mientras Thorongil callaba con rostro duro una reprimenda, seguramente merecida. Todos eran bisoños y novatos, pero el error era imperdonable en las tierras salvajes.

Acercándose, vieron que desde el campamento parecían haberse percatado de la desaparición del vigía, y alguno de los orcos se acercaba a curiosear, con paso lento y atento. Los dos montaraces decidieron alejarse en dirección a Kargor. Parecían predestinados a no acercarse a aquel grupo.
Fornost Erain: Los Muros de los Muertos

Los tres dúnedain ocultaron su rastro siguiendo el riachuelo al este, acercándose a la linde norte de las Colinas del Viento. Acechantes, subieron por las colinas, viendo cómo el terreno iba quedando cada vez más abajo, y vislumbrando el fuego de campamento de los orcos. Allí, entre rocas y brezos, acamparon. Se arrebujaron en las capas y establecieron un orden de guardias, siempre vigilando la ruta que habían usado y el campamento. Poco duró la guardia, ya que los orcos decidieron levantar el campamento cuando la luna estaba en el cénit.
Parecía que seguían rumbo noreste... Las llanuras de Eriador, tal vez rumbo a Carn Dûm, el Monte Gram... Angmar... Era una ruta inútil, pues sabían a dónde llevaba. Al amanecer bajaron y rastrearon el campamento. Kargor recordó la fragancia de las plantas donde se había escondido, y se la describió a los otros dos que, pensativos y olisqueando sus ropas, decidieron que se trataba de la hoja de Ur, un matorral que suele dar bellotas comestibles, capaces de matener a un hombre activo un día entero. Pero al rastrear la zona vieron que la planta estaba malograda, y que quizá era por el brusco cambio de tiempo que se avecinaba.
El criterio de Kargor (seguir rumbo a Fornost) prevaleció, y se prepararon para 4 días de marcha al norte.
Se detuvieron lo necesario (consiguiendo cazar un jabalí, que sumaron a sus provisones) y los muros de Fornost aparecieron ante ellos, agazapada bajo las Quebradas del Norte.

En el camino se detuvieron, caída la noche del cuarto día desde que partieran de las Colinas de los Vientos, en una loma baja y pedregosa, a admirar los muros de Norburgo, la otrora capital de Arthedain, ahora abandonada y solitaria.
Díndae agarró, de pronto y sin mediar palabra, a sus dos compañeros de las capas y los tiró al suelo: una pequeña fila de orcos, ocho desde aquí, se encaminaba a la puerta de la ciudad. Los observaron un rato, y al final vieron cómo el grupo se dividía: cinco se quedaban fuera, atentos a la ciudad, y dos orcos arqueros entraban agazapados. Los montaraces casi podían oler su miedo.

Thorongil los guió: se acercaron, cubriéndose por la noche, los matorrales y las rocas, hasta una posición en embudo donde él y Kargor podrían atacar a los orcos que se acercaran entrando de uno en uno, y Díndae los atravesaría con sus flechas.
El primer disparo impactó en el hombro del que parecía el más grande, un orco de poco más de metro y medio. Tres echaron a correr hacia ellos, mientras un cuarto ayudaba a su jefe. La trampa estaba servida. A medida que se acercaban a Díndae, o morían por sus flechas, o atravesados por las hojas de los otros dos dúnedain. La lucha fue corta y sangrienta, y el resultado fue el de cinco orcos muertos y un montaraz con un rasguño en un brazo.

Allí, a cubierto por la noche, acecharon las puertas del Muro de los Muertos, mientras recuperaban el aliento, las flechas y se curaban.