domingo, 27 de marzo de 2022

Forbidden Lands: Troleando

La velocidad de marcha que permitían los gusuks era algo con lo que no contaban. El poca más de una jornada de viaje estaban a las puertas de Vorsinghall. Había trazado un cuarto de círculo norte-este desde el hogar de Konrad hasta la ciudad que miraba al mar.

La ciudad era un modesto círculo de piedra con empalizada montada encima hecha de madera. En su interior las casas con base de piedra y alturas de madera se montaban unos en otras con puentes colgantes que unían pisos. Cuerdas tendidas llenas de banderas de plegaria multicolor llamaron mucho la atención al grupo. Orcos y goblins eran los pobladores.

Cada bandera tiene su rezo a Cuervo

Fuera hablaron con uno de los guardias, un orco veterano y curioso que fue bastante amable y les indicó qué se podrían encontrar: diferentes clanes que formaban facciones cuyo equilibro estaba, más o menos, en manos de la guardia de la ciudad. Les indicó que la Guardia llevaba pañuelos blancos en el brazo y que hablaran con Makug, su líder.

Makug vivía sobre la taberna central de la ciudad, a unos tres pisos de altura. Hablaron con él y éste les informó de que, si querían comerciar o negociar con la ciudad, tendrían que hablar con los clanes. Lo convencieron para organizar una reunión aquella noche. Durante esa tarde acabaron encontrando a Danur, una goblin que tenía un edificio con corral. Por unas pocas provisiones cuidó a los gusuks del grupo y les dejaría dormir. Persona interesante de la que sacaron buena información.

Ídril tenía sincera curiosidad por el santuario de la Pluma de Cuervo, y allí fueron los tres. Se trataba de una inestable torre de madera de varias decenas de metros. Bajo la torre había acampados un grupo de orcos y goblins con pañuelos negros. Ídril accedió a la estrecha torre y subió por la escalera de caracol hasta el último piso. Allí estaba un viejo goblin sentado cerca de un ventanuco bajo en una sala circular en cuyo centro había un pilar sobre el cual reposaba un estuche de madera largo. El estuche contenía una pluma negra de unos dos palmos largos de longitud. De entrada parecía de un enorme animal extraño... pero Ídril presintió que iba más allá. Percibía que Cuervo sí tenía algo que ver con tal reliquia. Quizá no era propiamente de Cuervo, pero tal vez formara parte de un avatar de su dios. La discusión teológica con el vetusto goblin no sirvió de nada, porque sus visiones teológicas no tenían nada que ver. 

"Mi dios es más fuerte, aunque sea el mismo que el tuyo"

Empezó un alboroto. Desde la altura el medioelfo vio que la entrada este de la ciudad estaba concurrida: gente llegaba corriendo desde la playa con bolsas y carros. Gritos. Los guardias de la entrada dando voces a los rezagados, para que entraran rápidamente. Algo llegaba. Ídril les gritó a los otros dos, poniéndolos en alerta. Ambos echaron una carrera hasta allí a ver qué pasaba. 

Había realmente pánico en los ojos de los goblins y orcos pescadores y mariscadores que corrían para ponerse a salvo. Empezaban a cerrar las puertas cuando Tháendan y Kurt salieron sin más con cara de circunstancias. Un enorme trol llegaba a unas pocas decenas de metros. 

El guarda con el que habían hablado por la mañana, viendo que algunos de los mariscadores no llegarían a tiempo, cargó a por el trol. Los dos amigos se miraron, se encogieron de hombros, prepararon las armas e hicieron lo propio. El wolfkin se subió a la empalizada y el elfo corrió casi adelantando al orco. El trol apestaba, pero el elfo pudo aguantar y estrenar a la ya espada de mano y media de sílex en las carnes de la nauseabunda criatura. El orco también lanzó su ataque. La piel del trol era muy dura y los ataques no fueron lo suficientemente poderosos... cosa que no pasó con las flechas nuevas de Kurt.


El wolfkin había hecho flechas en la morada de Konrad, con tallos de seta gigante y puntas de uña de gusuk salvaje. Dos de ellas volaron, con impactos en cuello y ojo. El trol cayó al instante como un gran árbol. Se hizo el silencio en toda la ciudad. El cuerpo de la criatura fue pasto de las llamas (el orco comentó que había que quemarlo o volvería a la vida). 

Cuando volvieron a la ciudad todo el mundo los miraba con respeto y reverencia.

Forbidden Lands: Sacrificios

Y se cercenó el brazo izquierdo. El tajo fue brutal y la hemorragia, severa.

Sus compañeros intentaron recuperar su brazo (Ídril podría intentar un milagro) pero el dragón lo tomó entre sus garras. Dráxsalom cumplió su promesa, de algún modo, consiguió unir de nuevo el filo de sílex de la espada.

Con la herida vendada y con palabras duras hacia la criatura, los otros dos ayudaron al elfo a llegar al lugar donde habían acampado la noche anterior. Intentaron estabilizar la herida, pero el elfo no quería ayuda... sólo dormir. Así se hizo: el druida hizo guardia junto al wolfkin, esperando que su compañero no tuviera una infección o muriera durante la noche. Fue al amanecer, cuando intentaron despertar al elfo para cambiarle las vendas, que vieron con asombro cómo un brazo había surgido del hombro completando una extremidad regenerada nueva. Tháendan explicó que los elfos y sus cuerpos estaban más allá de lo orgánico, porque sus espíritus no formaban parte ni del tiempo ni de la materia del mundo, y que el descanso facilitaba que las heridas de sus cuerpos se curaran rápidamente.

Los dos amigos se miraron con cara de "¿y nos lo dice ahora?".

Seguirían su camino al este y, a las pocas millas, encontraron un grupo de casas con empalizada que pertenecían a un wolfkin entrado en años. Éste los acogió con ciertas reticencias al principio. Le faltaba un brazo, y maldecía al dragón por haberlo engañado en su momento. Al parecer era el wolfkin que Ídril había visto en su visión. Era Konrad.

Konrad

El wolfkin debía respetar su propia norma de acoger a viajeros, y cumplió con creces. Compartió con el grupo lo que tenía y permitió que se recuperaran. Éstos incluso ayudaron al wolfkin en su granja de setas y en reparar los edificios. Durante casi una semana casi consiguieron sentirse en casa.

Aprendieron mucho, hablaron mucho y, al tiempo, se prepararon para partir rumbo este de nuevo, hacia Vorsinghall.

lunes, 28 de febrero de 2022

Forbidden Lands: Hic Sunt Dracones

La estrecha garganta entre montañas se abría rumbo norte, siendo más bien un desfiladero de un par de millas oscura y polvorienta. Montados en los gusuks el camino se hizo sencillo, pero miraban hacia el cielo, siguiendo la línea de las altísimas paredes de roca, como esperando un desprendimiento que podía llegar en cualquier momento.

La salida fue como recibir un fogonazo. La temperatura iba subiendo, pero no se esperaban pasar de unos 2-3º a casi 30º en ese paseo. Lo que tenían delante era una extraña jungla llena de árboles, grandes hojas, sonidos de anfibios y de pájaros, y mucho calor. En el centro de toda esa espesura se alzaba la montaña de Caldarium, que parecía ser la que desprendía ese calor que convertía el lugar en lo que era.Tantearon la jungla, y avanzaron hacia la montaña. Tuvieron la mala suerte de ser emboscados por una manada de gusuks salvajes, con la particularidad de que Ídril solicitó la ayuda de su dios Cuervo, interpretando su respuesta como un "no te muevas, que los reptiles se irán". Los otros dos intuyeron que algo había fallado, y lucharon sufriendo heridas, matando a varios de ellos y poniendo en fuga a uno malherido y a la "matriarca" gusuk. 

A las pocas horas llegaron a la montaña, y el calor era mayor. Vieron que las laderas estaban plagadas de agujeros, todos hechos por anélidos abisales como los de Zarakzán. Fueron muy útiles para explorar el lugar y llegar a una enorme caverna plagada de estalagmitas y estalactitas. En el centro había un estanque de agua termal. En varios lugares había esporas y micelio. También el viejo cadáver expoliado (respetuosamente al parecer) de un wolfkin. Las estalactitas atravesaban su caja torácica... ¿podría haber muerto así, y luego sus compañeros se llevaron lo esencial para continuar su camino? Quién sabe.

Ídril usó su poder para vislumbrar el pasado del lugar. En imágenes cronológicamente confusas vio a una criatura que sólo podría calificarse como un dragón. Muy similar al del tapiz de la tumba que habían visitado en Colinas Rojas. Vi también a los anélidos llegando hasta Zarakzán en sus largos viajes, y a un wolfkin que pedía algo al dragón... pero salía al exterior de la montaña sin un brazo y jurando vengarse de la criatura.

Una arriesgada inmersión reveló que, buceando en el estanque varias decenas de metros, se alcanzaba otra sala donde dormitaba el enorme ser de aspecto mezclado de felino y reptil, con alas coriáceas. La criatura se presentaría a los tres amigos en la gran caverna, fuera de su guarida. Sin decir una sola palabra les preguntó con imágenes mentales qué querían. 

Dráxsalom
Por un lado pidieron un remedio para expulsar a los anélidos de Zarakzán: el dragón Dráxsalom les indicó un micelio dentro de la caverna... serviría para repeler a las criaturas si dejaban crecer los hongos a voluntad.

Por el otro, Tháendan pidió al dragón que uniera la espada rota de sílex. Sólo un ser como ese podría hacerlo. Dráxsalom caviló durante unos segundos, midió con la vista al elfo y le exigió un sacrificio digno de un guerrero: uno de sus brazos.

Tanto el semielfo como el wolfkin agarraron al arrojado elfo con murmullos de "¿pero qué haces?" y "¿estás loco?". 

El elfo miró la espada rota en el suelo y alzó la mirada para encontrar la del dragón...