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jueves, 27 de agosto de 2015

Algo está Podrido #6: Abducción y Absolución

MacAllan había sido uno de esos "true detectives". Pero había indagado donde no debía y las posibilidades habían pasado incluso por su muerte... pero todo se había quedado en un puesto de patrullero.

Sabía cosas y sabía a quién contarlas sin que sus rodillas peligraran. Uno era Kuro Kwon. Kuro Kwon, antes. Ahora era mejor que no le contara nada.

Kuro y Chuck decidieron hacer algo, dar un ejemplo. Se enteraron de la existencia de un tal Gregory Kurt, sargento corrupto del distrito 13... mandaba más que el capitán. Tras un elaborado plan consiguieron emboscarlo en un párking y meterlo en un maletero.

No pararon el coche hasta llegar a Sandy Creek, al oeste de la ciudad: un polígono industrial fallido casi en el medio del desierto. Allí, en una fábrica de ollas abandonada, sacaron a Kurt y le pusieron las cosas claras. Chuck, o mejor dicho, Calavera, acojonó de tal forma al pobre diablo con su puesta en escena que tendría pesadillas hasta el Día del Juicio. Para rematar la faena Kuro le cortó los tendones de Aquiles...

Al día siguiente el pobre diablo presentó la baja del cuerpo y, por lo que se sabe, estaba dispuesto a involucrar a varios agentes en cargos que iban desde la extorsión hasta colaboración con banda criminal.

Poco a poco, pensaron. Poco a poco.

sábado, 8 de agosto de 2015

Algo está podrido #5: Convergencia y Colisión

Chuck se bajó de la furgoneta casi en marcha, miró a Chancellor y le dijo "No me sigas" con una mirada llena de ira contenida. 

Todo había sido rápido y precipitado; un mal plan y una peor ejecución. Buf, mala selección de palabra. Ejecución

Claro que habían encontrado el contenedor, y por supuesto que vieron cómo lo cargaban unos estibadores bajo la supervisión de unos rusos de jersey gordo. El camión salió del puerto y, en la oscuridad de una calle poco transitada Chuck plantó la furgoneta delante. Chancellor salió por el asiento del copiloto y bajó a golpes de culata al conductor del trailer. Chuck bajó y rodeó de frente para bajar al acompañante. Escuchó al conductor gritando a Chancellor. Lo típico, ya sabes... "no sabes con quién te metes", "pero tú sabes quién soy yo", "estáis muertos"... La detonación sobresaltó a Chuck, que soltó al acompañante (al que había noqueado), para rodear por el frente de nuevo y ver los sesos desparramados del ruso sobre el pavimento. Miró a Chancellor, que iba a abrir el cargamento, boquiabierto. Tras una carga falsa de televisores, que el viejo tiró fuera, había un falso fondo. Chancellor pasó de las quejas y murmullos de Chuck y le dijo que abriera el candado que cerraba una especie de puerta-escotilla. Al empujar la puerta el olor hizo que se echaran atrás: apestaba a excrementos y a humanidad.... dentro había unas 10 chicas, todas altas, rubias y con cuerpos esculturales que rezumaban sudor a pesar del frío de la calle. Aquel contenedor era un horno.

Las sirenas los pusieron en marcha. Se largaron. Se esfumaron. Dejaron todo aquello como estaba:  chicas dentro, sesos fuera, y el acompañante... eh! ¿Y el acompañante? Al bajar del trailer de un salto Chuck se tragó un navajazo en el costado. La verdad es que la chupa de cuero de cremalleras se tragó la peor parte, pero el susto fue de muerte. El chico salió corriendo al instante, y Chancellor apuntó con su 45. Chuck lo desequilibró lo suficiente como para que fallase el tiro. Frustrado, el viejo empezó a toser. Ya en la furgoneta los tosidos fueron a peor, y Chuck pudo ver incluso sangre en el pañuelo con el que se cubría el rostro. Las pastillas cayeron del bote y se desparramaron por el asiento al coincidir el destape del bote con una crisis de tos. El viejo cogió las que pudo mientras conducía. Ahí es cuando Chuck pidió que parara y se largó. Chancellor no consideraba que ajusticiar a alguien fuera algo malo. "La Justicia está fuera de los juzgados, chico; tienes que abrir los ojos". Pero lo que abrió Chuck fue la puerta, se quitó la bandana de calavera y desapareció por callejuelas laterales del Barrio Viejo.

Había llegado a un punto de no retorno: el viejo bedel matando a estibadores por la calle a sangre fría... era surrealista.

Paseó por el Barrio, intentando evitar escuchar las sirenas, los gritos de discusiones, el mal ambiente de un barrio en decadencia total. Hasta que llegó ante la licorería de los Ramírez. No los conocía. No recordaba haber pasado nunca por esa esquina. Pero cuando caminaba miró dentro, casi por incercia. Dos hombres amenazaban con bates y navajas a un matrimonio de chicanos. Notó que más gente había pasado por delante y se largaban acelerando el paso. Algo hizo click en su interior, más hondamente que cualquier consejo de Chancellor.

Sus ojos se entrecerraron, se ajustó la bandana a la cara, entró y sólo recordó puños y sangre.


Eso fue lo que le contó a Kuro cuando apareció ante la puerta de su piso media hora después. El médico curó sus puños machacados y se acercó al hospital luego de dar a su colega unos analgésicos. Allí habló con un MacAllan ya fuera de servicio, que mordisqueaba pipas sin parar pensando en voz alta. "Chirap" decían los rusos de la calle: "Calavera". Alguien partía las caras de sus boyeviks, en plan justiciero. Un café cargado y se pusieron al día: un camión vacío tras un tiroteo en medio de la calle... un muerto ajusticiado. ¿Licorería? Nada grave, un tipo con una bandana de calavera ("será una moda o el mismo tío" se burló MacAllan) impidió un robo.

lunes, 3 de agosto de 2015

Algo está podrido #4: Vigilancia y Allanamiento

Chancellor paró su destartalada furgoneta ante el pub. Barnie's. Irlandés. Y lleno de polacos y rusos. Tiene tela.

Sabían que Sarosta frecuentaba ese lugar, y los tres iban en la furgoneta del bedel; vehículo desordenado, con rascaduras, pero cuyo motor ronroneaba como un gatito. Aguardaban.
Nicoleya había hablado con la niña; lo había pasado muy mal. Kuro la había examinado y, efectivamente, existían indicios de abuso sexual. Chancellor habló con ellos y les preguntó si querían hacer algo al respecto. Ellos se miraron y asintieron. Se separaron esa noche y se citaron lpara la noche siguiente, después de presentarse a sus trabajos y demás.

El agente MacAllan les consiguió la dirección de Sarosta, y echaron un vistazo a la casa. Típica casa unifamiliar con su césped y demás. Nada de alarmas ni cosas que saltaran a la vista.
Luego en Barnie's le pusieron cara al nombre. Hablaba con dos rusos de aspecto duro. Chancellor, que recordaba algunos términos, pensó que podían ser dos boyeviks de algún avtorytet. Le pasaban una nota a Sarosta, que protestaba y gritaba en susurros mirando nervioso alrededor de la mesa que compartía con ellos y otro ruso flaco y desgarbado. La conversación terminó abruptamente, pero los dos tipos duros ni se inmutaron. Sarosta salió del pub, encendió un cigarro y se largó con el chaval flaco.
Chuck había conseguido escuchar algo sobre un nuevo cargamento, Sarosta protestando como queriendo dejarlo... Mezclaba gran parte de ruso con algo de inglés, y era muy difícil seguirlos.

Al salir decidieron esperar y entrar en su casa a la noche siguiente. Fueron Chancellor y Chuck. La casa no tenía nada de especial, y entraron con facilidad. Sarosta dormía en el sofá ante una tele que emitía ruido blanco. Arriba dormían una anciana, una mujer y on par de críos en tres habitaciones. La casa era de clase media-baja, sin grandes excentricidades. Despertaron a Sarosta y le dieron un buen susto... Chuck llevaba su bandana de calavera, y Chancellor un revólver del 45. Suficiente.
Sarosta fue duro, pero acabó soltando que esa misma noche llegaba un cargamento al puerto. Tenía una libreta con datos apuntados, de la cual sacaron información. Chuck se despidió del estibador con el índice en los labios, shhhhh. Y, como entraron, desparecieron.

Usaron el carnet del puerto de Sarosta para hacer una falsificación de calidad pésima, pero lo suficientemente decente como para que el adormecido vigilante de las 3am de la entrada sur del puerto no se fijara demasiado.
Buscaron por el laberinto de contenedores con la furgoneta ronroneando en las curvas que trazaban lentamente, buscando números de entrada y precintos en la libreta de Sarosta.

jueves, 30 de julio de 2015

Algo está podrido #3: Pasado y Presente

Las galletas estaban en su sitio y el chocolate tan caliente, denso y sabroso como siempre. La hermana Ana, una mujer oronda y mayor, aunque ágil para sus años, los había reconocido al instante. Chuck y el pequeño Kuro.

Era de madrugada. Afuera llovía. La niña había llorado hasta casi quedar dormida. Otra hermana, Nicoleya, más mayor que Ana y siempre risueña en sus recuerdos, había cogido a la niña y se la había llevado a una habitación. Nicoleya era rusa, de algún lugar de la URSS al menos. Podría hablar con la pequeña, hacerle ver que estaba a salvo. Que la habían salvado. Que podría ser libre. Los dos hombres se miraron.

Aquel chocolate sabía a gloria.

Al poco entró el bedel, lo recordaban de aquel entonces. El señor Chancellor, un hombre sobrio y reservado. Hablaba poco, pero cuando lo hacía era mejor contestar conn un "sí, señor" o "no, señor". Imponía. Todavía lo hacía.
Hablaron poco, pero hablaron de lo mal que iba todo. Del olor a podrido que había por toda la ciudad. 
Esa noche cada uno reflexionó sobre lo que habría de hacer para poder sobrellevar el resto de su existencia. Por ejemplo Chuck se quedó dormido fuera de se rulot, en una silla de playa mirando al este, con su pañuelo de calavera. Kuro, en su piso de varios cientos de miles de pavos. El señor Chancellor, en su pequeño cuarto del orfanato, abrió su viejo baúl de madera de estilo militar y sintió de nuevo aquella tela en las manos, el dibujo que tenía estampado... Y recordó el porqué.

... ... ... 


Cuando bajas a la ciudad y retuerces ciertas muñecas, contraes ciertos cuellos y flexionas hacia el sitio adecuado ciertas falanges proximales, obtienes cierta información. Por ejemplo, que si alguien trae niñas rusas al país, serán los rusos. La Bratva. Y que si las traen será por el puerto, controlado por la Bratva. Y que si el jefe del sindicato de estibadores está en el ajo, se puede meter lo que sea en el país. Y se puede incluso sacar el nombre del tío, dónde vive e incluso dónde se toma las cervezas: en un puto pub irlandés regentado por rusos. 

 

La siguiente visita sería a Vitaly Sarosta. Secretario del sindicato de estibadores. 

martes, 28 de julio de 2015

Algo está podrido #2: Implicación y Ejecución

El Barrio Viejo, cerca de los Muelles, era un sitio a evitar. El coche de Chuck, un Chevy Malibú cupé del '70, aparcó a unas calles de la dirección que MacAllan les había dado. 



Chuck se quitó las camperas y se puso unas deportivas oscuras, un gorro de lana negro y cogió un viejo pañuelo negro para taparse el rostro cuando iba en moto. Tenía un dibujo blanco estampado, una mandíbula de esqueleto. Era demasiado macarra, por eso no la ponía nunca. Pero hoy sí. 

Kuro se quedó en el coche, esperando; Chuck se acercó al inmueble, un destartalado edificio de ladrillo abandonado. Abandonado pero con una cámara de seguridad apuntando a la puerta. El joven se coló por una ventana lateral fuera del alcance de mirones, en un edificio que, por dentro, no parecía tan abandonado. Subió un par de pisos buscando voces, sonidos que llegaban de detrás de una de las puertas de apartamentos. No sonaba a inglés. Pegó la oreja y oyó a una niña lloriquear. 


No se lo pensó: llamó a la puerta y dio tres pasos atrás, saliendo del ángulo de visión de la mirilla.  Se ajustó el pañuelo para no ser reconocido. Tan pronto como oyó el cerrojo cogió carrerilla y se lanzó con una potente patada voladora que arrancó la puerta de las bisagras y aplastó a quien estuviera al otro lado. Cuando se levantó tuvo que esquivar los golpes de otro hombre, al que lanzó por el aire con un par de llaves. Otro, más grande y aparentemente más peligroso, duró un poco más, pero acabó también por el suelo. En una silla, ataca con cinta aislante, una niña de no más de 10 u 11 años. Rubia y pecosa, ojos claros, pero al mismo tiempo sumidos en una profunda oscuridad, tal vez eterna... La desató y casi se la cargó a la espalda, ya que adivinó la figura de un hombre armado con una pistola. Consiguió esquivar varias balas, y saltar por la ventana lateral del recibidor. Corriendo como locos llegaron al coche, y Kuro aceleró a tope.

La niña estaba en shock, pero consiguieron calamarla con el paso de los minutos. La habían salvado pero, ¿y ahora qué? No era un cómic de Batman donde se acababa la viñeta con un "Fin" y ya... ¿A dónde ir? Se miraron y solo se les ocurrió un lugar... Su antiguo orfanato, San Judas. 

Algo está podrido #1: Reflexión y Encuentro

Aquella chavala no tenía ni quince años y estaba en pleno coma etílico. Disfrazada de diablesa sexy, y menor de edad. Aquellos malditos años '80 acabarían con todo el puto país. 

Chuck la cogió del suelo, y uno de los otros seguratas de la discoteca había llamado ya a urgencias. En breve se encontró fuera de un box del Central, con los médicos luchando por la vida de la cría.

Chuck se miró las manos, impregnadas de olor a vómito. No era la primera ni sería la última. No de todos los tiempos, ni de esta semana. Esas niñas. No hablaban ni papa de inglés, y siempre acompañaban a gordos sebosos cabrones con fajos de billetes tan grandes como su culo. En la disco tenían orden de dejarlos pasar. De no mirar demasiado. De no hacer preguntas. Pero algo siempre hacía que los engranajes de la mente de Chuck se atascasen y chirriasen. Siempre.
En este caso la niña se había pasado y el gordo se había esfumado. Pobre cría.

No era su familia. Ni su amigo. Joder, no sabía ni su puto nombre. Pero allí estaba, rellenando los datos de la paciente Jane Doe #345 de aquel año. Y aquel tipo, el médico de urgencias que la había salvado... ¿No era Kuro, el chico vietnamita con el que había coincidido en el orfanato de San Judas? Tiene tela lo rápido que pasa el tiempo y lo rápido que vuelven los recuerdos.

Kuro tenía manos de artesano. La muchacha sobreviviría. Kuro y Chuck, vaya pareja hacían. Podrían contar historias; pocas, porque el trato había sido breve, pero con un par de episodios muy memorables. Que sí, que estoy pensando en ese. Ya sabéis: la paliza a los hermanos Smith. Dos contra cinco. Los cinco peores hijos de puta de todo el orfanato. Broncas diarias, robo de comida a los críos pequeños, palizas en grupo. Siempre en grupo. Pero aquel día se la devolvieron, maldita sea.

...

Se tomaron un café recién hecho en una furgoneta en el exterior de Urgencias que también vendía bollería y perritos variados. Y charlaron de los viejos tiempos. Y de lo oscuros que se estaban poniendo los nuevos. El ruido del frenazo los trajo de vuelta al mundo: una limusina delante del porche de Urgencias dejó caer a otra. Otra niña. Disfrazada. Y aceleró a fondo.

La vieron esquivar a unos y otros, con tanta fortuna que el camino por el que salió estaba prohibido, y el agente de seguridad había levantado los clavos curvos que permitían entrar, pero no salir: los neumáticos estallaron al unísono, pero la limusina siguió avanzando unas decenas de metros. Kuro corrió a ayudar a la niña... Chuck fue a por la limusina.

Vio salir a alguien corriendo y perderse en el interior del Barrio Viejo, entre el complejo hospitalario y los Muelles. En estrechas y oscuras callejuelas fue donde lo agarró. Lo pateó. Lo machacó a puñetazos y, cuando estuvo blandito, empezó a preguntar. Y el chófer contestó. Habló de un tal Karl, su cliente de esa noche. Había ido al club con dos niñas. Al parecer había una red de contactos de chicas rusas, había unas tarjetas de visita con un símbolo parecido a una "V" que ponía "Soluciones en Compañía" con un número de teléfono.

Stephen MacAllan, un patrullero amigo de Chuck apareció en el hospital para la denuncia y todo eso. Y hablaron un buen rato. En la guía inversa de comisaría ponía que el número correspondía a un edificio del Barrio Viejo. Kuro y Chuck se miraron. Algo estaba podrido con todo aquello, y ellos había llegado al punto de No Retorno.