jueves, 8 de diciembre de 2011

Montaraces del Norte XI

La mañana trajo nuevas dudas. Algunos dúnedain creían que atravesar el Brandivino era arriesgado: todos en La Comarca estarían enterados de tal evento antes de que el último de ellos saliera del Puente.
Pero los tres jóvenes pensaban que intentar cruzar el río más al norte contando sólo con que el río se hubiera helado era un riesgo mayor, sobre todo teniendo en cuenta que los salteadores podrían estar acechando, o peor: los lobos blancos.

La noche anterior Díndae y Thorongil habían cogido un par de caballos y habían partido a galope tendido hacia el Norte, intentando encontrar un vado o una zona de hielo denso por donde pasar los carros. A unas tres o cuatro millas al norte encontraron un islote largo que surgía del medio del cauce. No tenía más de cuarenta metros de largo y unos diez de ancho, pero se veía que había ayudado a que el río alrededor se helara, dando sujeción al hielo y actuando como vado improvisado. En la isla Díndae pudo ver huellas y rastro de lobo, pero no eran recientes... unos cinco días al menos.

Una vez de vuelta, caída ya la noche, los dúnedain se reunieron para decidir qué hacer. Thorongil quiso convencer a Dírhael de que atravesar el Puente no era tan peligroso como el hielo del río. Unos cuantos hobbits y sus habladurías no pondrían en riesgo el viaje. Pero los dúnedain no confiaron en sus palabras y decidieron probar cruzando el río.
Thorongil y Elenhen hablaron un rato esa noche, pero Dírhael miraba con ojos de duda. Más tarde el dúnadan le diría que ella era de una cuna mayor que la del montaraz, y que debía ser sensato; reprimenda que el pobre Thorongil encajó mal, pero en silencio.

A la mañana siguiente partieron hacia el islote, y se prepararon para cruzarlo con los cuatro carros. Tendieron una cuerda desde la orilla este hasta la punta sur del islote, y del islote a la orilla oeste. Comenzaron a cruzar.

Un carro, otro carro. La gente cruzaba resbalando, ayudándose con la cuerda. Los carros cruzaban por el sur de la isla, mientras que la gente subía a la isla, junto a Díndae, tomaba un respiro y continuaba. Kargor estaba en la orilla oeste, Thorongil cerraba la marcha en la este. El tercer carro resbaló el el hielo bajo la sombra de la isla, pero continuó su camino.
Fue entonces cuando Díndae notó algo extraño. Alguien se acercaba. o algo. Justo a la altura del islote, el último carro hizo crujir el hielo y una rueda se atascó.
Una manada de lobos blancos venía por el río desde el norte, gruñendo y aullando desesperados. Estalló el descontrol. Todos corrían intentando ponerse a salvo. Kargor y Thorongil gritaban y daban órdenes, Dírhael dirigía a la gente y la ponía a salvo. La primera flecha de Díndae atravesó un cráneo lupino, rápidamente cargó otra flecha, pero los lobos ya estaban encima, saltando por la isla. No menos de quince. Kargor saltó al hielo y corrió hacia el carro, levantándolo casi en el aire y liberando la rueda. Díndae apuntó su flecha y se preparó para matar a otro lobo y luego, seguramente, morir bajo las fauces de los otros.

Pero no. Los lobos lo esquivaron y saltaron sobre Kargor, pasando por encima del enorme dúnadan. Todos ellos continuaron hacia el sur, o eso parecía. Díndae, con la flecha todavía montada, se puso en pie, se giró y miró estupefacto en dirección sur, hacia los cuartos traseros de los lobos que se alejaban como rayos.
Thorongil contó a la gente y la reunió, pero Iorwen miraba en todas direcciones, desesparada.
- ¿Dónde está Gilraen? ¿¡Dónde está mi hija?! -gritaba. Dírhael la abrazaba y miraba también, gritando el nombra de su hija.

Kargor reunió a todos en la orilla oeste y, con palabras buenas y ciertas, logró clamar los ánimos. Thorongil y Díndae miraron hacia el este. El rastreador examinó la orilla este y encontró huellas de la niña, y de varios lobos, no menos de tres. A pocos cientos de metros vieron a la niña, cercada por tres lobos que, en su huída, se habían encontrado con un manjar ocasional. El odio y la rabia de los dos dúnendain fue devastadora. Las flechas de Díndae y la espada de Thorongil dejaron casi sin capacidad de reacción a los lobos. Gilraen estaba sana y salva.
Al regresar todo eran palabras de agradecimiento. Incluso Dírhael se disculpó con Thorongil por la dureza de sus palabras anteriores.

El camino a través del bosque que se tendía todo a través de la orilla hacia el oeste no era claro, pero Díndae guiaba y eso era índice de buena ruta. Una horas después fueron interceptados por varios dúnadan, Belegost el veterano, Forendil el taciturno y Feagorn, tan novato que no tenía apodo. Allí hubo alegría, regocijo y calurosos saludos que contrastaban con el frío del lugar.

Llegaron a Scary, donde Arador informó al grupo de que irían con los colonos al norte, a fundar Daembár, la Casa en la Sombra.
Thorongil, presa del miedo a los espacios cerrados, se vio obligado a recibir las órdenes dentro de la mina donde los montaraces tenían su base oculta. Poca gracia le hizo, y la tensión provocó que terquease órdenes de su señor. Ésto dejó perplejo al hijo del Capitán, que no sabía si enfadarse o reir.
Entre ello estaba el retraso en actuar contra Amon Hith. Habría que juntar más hombres y establecer un plan de acción claro.
Partieron al norte con Dírhael y su gente, más allá de Dwaling, donde otros colonos ya estaban construyendo un nuevo Refugio para el pueblo de los Hombres del Oeste.

martes, 6 de diciembre de 2011

Feliz día de la CONstitución

Hoy celebramos el día de la CONstitución. Lo que no entiendo es por qué nunca se celebra el de la DEStreza, CARisma, PERsonalidad, INTuición... o mejor, el de la INTeligencia.

Un saludo en este día libre que aprovecharé para jugar a rol, curiosamente a un juego donde no hay CON en la ficha.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Montaraces del Norte X

Los tres muchachos se quedaron un rato hablando con Dírhael y su esposa Iorwen en la entrada oeste de Bree. Al parecer habían hecho un viaje desde las tierras de Eriador, abandonando un poblado dúnadan para venir al Norte. Argonui los había llamado. Otros llegarían pronto a Bree, para luego ir en busca de su señor.
Algo se movió en en carro, bajo unas mantas. Una niña de pelo moreno y enredado asomó la cabeza. No tendría más de cuatro años.
- ¡Hola! -dijo con cara de sueño-. ¿Qué ha pasado?
 Era la hija de Dírhael e Iorwen, una pequeña morenita de ojos grises llamada Gilraen. Bromearon un poco con ella mientras hablaban de Bree y de algunos sucesos recientes.
Kargor les indicó cómo llegar al Poney Pisador, y hacia allí se fueron.

Fue entonces cuando entró un vigilante de Bree airadamente y a voz en grito: "¡Asesinos! ¡Asesinos en las cercanías!". Thorongil y Díndae miraron inmediatamente a Kargor, que miraba indeciso hacia el lugar donde había matado al sureño, y de donde no había movido al cadáver.
Al rato llegaron cuatro vigilantes con el muerto sobre una manta, cada uno agarrando una esquina. Tras un primer análisis uno de ellos sentenció que sin duda lo había matado un tajo con una espada enorme. Al decirlo miraba de reojo a Kargor, pero no acusaba a nadie.
Llegó el sheriff de Bree, un hobbit de edad respetable con mal genio llamado Bungo Mantillo, acompañado de su amanuense, que tomaba notas de todo con inocente servilismo.
El sheriff acusó directamente a Kargor, y medio pueblo los escoltó con curiosidad hacia la Casa de la Asamblea donde sería juzgado. Sus amigos intentaron mediar, pero el sheriff no daba el brazo a torcer, ni ante las duras palabras de Díndae sobre la importancia de defender Bree de maleantes y saqueadores.
Fue entonces cuando Kargor, con ciertos conocimientos de leyes, hizo una asombrosa defensa de sí mismo, que se vio incrementada al llegar Iorwen con su hija Gilraen. La mujer declaró lo que había pasado, pero obligaron al dúnadan a entrar en la Casa para que la Asamblea de Bree dictara sentencia. Otros dúnedain llegaron con Iorwen y vieron la escena con intranquilidad.
Pero todo fue bien: la Asamblea exculpó a Kargor, e incluso intentaron asalariar al grupo para defender Bree. Kargor insistió que un montaraz sólo tiene un Señor. Los de Bree no entendieron bien a qué se refería, pero los otros dúnedain que allí se congregaron miraron al Oeste con tristeza y esperanza.

Salieron todos fuera y algunos vitorearon a Kargor, y otros muchos miraron a aquellos hombres de rostro austero e inflexible con suspicacia y temor. Todos los dúnedain se juntaron en un grupo de unos veinticinco, y salieron del pueblo paseando.
Los tres amigos se sentían en casa, pero varios edain se quejaban. Habían sido trasladados desde el sur de Eriador hasta aquí ¿para qué? No lo entendían. Quizá Argonui había perdido el rumbo.
Esto provocó las miradas iracundas de Kargor y Díndae... Thorongil, también enfadado por el comentario, tuvo que mediar y calmar los ánimos. Una muchacha joven, de pelo ondulado y ojos grises protestó ante el dúnadan, que tuvo que defenderse de los duros argumentos con estilo, carisma y cierto humor. A la muchacha no le hizo ni pizca de gracia.

Todo el grupo decidió pasear alrededor de Bree, casi treinta dúnadan manteniendo diversas conversaciones. Kargor hablaba con Dírhael, amante de la historia, las tradiciones y el folkore. Díndae, solitario, vagaba en retaguardia, hasta que vio una oportunidad de reírse a costa de Thorongil. Preparó una bola de nieve y acertó de pleno en la muchacha morena de antes que, al mirar para atrás, sólo vio a Thorongil. comenzó entonces un combate sin tregua entre los dos que acabó en risas (sobre todo las del sigiloso Díndae).
Supo Thorongil que la muchacha se llamaba Elenhen. Hablaron durante un buen rato y congeniaron.
La mañana pasó rauda y el grupo acabó en una casa de Bree, propiedad desde hacía años de una familia dúnadan. Allí pasaron toda la tarde, comiendo, charlando, fumando, jugando con los pequeños, contando historias al compás de la flauta... Fue una tarde estupenda.
Pero la noche trajo dudas: los dúnedain debía viajar a Scary, y recibir órdenes. La presencia de los tres montaraces pordría ser de gran importancia, ya que actuarían como guardias de la caravana: eran pocos los hombres curtidos en combate en el grupo y, en estos tiempos, incluso el Camino del Este tenía sus peligros.

Los tres montaraces pensaron en ello durante la noche durmiendo en el Poney Pisador. Debían elegir entre quedarse en Bree y ver partir a sus parientes mientras aguardaban por Arathorn, o partir hacia La Comarca escoltando la caravana.

A la mañana siguiente se decicieron por lo segundo, con la esperanza de que si Arathorn o los hijos de Elrond volvían a Bree lo harían por el mismo Camino, pero en sentido contrario, y se encontrarían.
Pasaron el día en Bree mientras los dúnedain se preparaban, y tuvieron tiempo de visitar la Feria de Otoño, donde Díndae se encontró con los Enanos Nîm y Dólin en su tenderete, donde vendían todo tipo de cosas. Díndae intentó ser amable, e informó a los dos Enanos de que los montaraces estaban planteándose la posibilidad de formar un grupo y atacar Amon Hith, y liberar a su pariente Náin. Nîm callaba y fumaba, pero Dólin, más jovial y conciliador, regaló a Díndae un pequeño juguete mecánico. "Y ésto no es nada", dijo, "Ojalá hubieras visto los artefactos que mis parientes hacían el Erebor... aquéllos sí que eran juguetes... Maldito sea ese dragón". Se quedó mascullando y negándose a cobrar nada por el regalo: "Es una deuda que tendrás conmigo, montaraz" dijo guiñando el ojo, sonriendo. Díndae sonrió también y se despidieron con palabras amables.

Al día siguiente partieron a primera hora. Era cerca de treinta, unos diez hombres, quince mujeres y varios niños. Salieron por la puerta oeste de Bree en dirección al Puente del Baranduin. Díndae avanzaba varios cientos de metros por delante oteando, Thorongil delante con los cuatro carros y Kargor detrás, custodiando la retaguardia.
Las primeras horas fueron un paseo, y cogieron muy buen ritmo pero, al acercarse el atardecer, Díndae (separado del grupo) tuvo otro de sus pálpitos. Se dirigió al norte para buscar rastros, huellas... algo que calmase su desazón. Fue entonces cuando vio al norte cinco figuras montadas y ocultas. Eran cinco jinetes, a cubierto por matorrales y desniveles del terreno. Agachado, preparó su arco e intentó, sin oportunidad, hacer señas a sus compañeros. Éstos acabaron por ver a los jinetes. Thorongil ordenó colocar los carros protegiendo a los niños y mujeres, mientras los hombres tomaban lanzas y espadas para plantar cara.
Los cinco jinetes, bien armados y con armadura de cuero, cargaron sobre ellos. Sin saber de dónde, una flecha (del escurridizo Díndae) derribó a uno, que cayó inerte al suelo. Kargor se protegió del espadazo de otro, que recibió un tremendo yajo en los riñones al pasar de largo. Thorongil se cubrió con su escudo e hirió los cuartos traseros del caballo de otro. Los otros dos peleaban contra los dúnedain, pero éstos se cubrían con los carros.
Kargor subió a uno de ellos de un salto, y partió en dos a otro de los atacantes, mientras que Thorongil eliminaba a otro derribándolo de su caballo.
El quinto, con su caballo ligeramente herido, se dio la vuelta u huyó al norte desesperado. No esperaba el flechazo en pleno pecho de Díndae.

Cinco salteadores, todos con un lobo de fauces abiertas por blasón... ¿Gente del tal Draugor? ¿A órdenes de Seregring?
Muchas preguntas y pocas respuestas. Tomaron los caballos, redoblaron la guardia y, al final del día, estaban cerca del Puente. Se ocultaron cerca de un bosquecillo, y allí acamparon.